
El amor se expresa en el hombre medio como un deseo de entregarse a los
demás y recibir a los demás en armonioso intercambio.
Su esencia en el nivel evolutivo de lo humano consiste en una
acción recíproca en la que la dicha de dar se iguala con la dicha de recibir.
Más allá de lo anterior, el amor es en su esencia una de las mayores fuerzas del universo.
Una fuerza que existe por sí misma, independiendentemente de los
objetos a través de los cuales se manifiesta.
Dicha fuerza se expresa en todos los sitios en los que encuentra una clara posibilidad de recepción, en todos los lugares en donde encuentra una apertura hacia su movimiento.
Lo que habitualmente comprendemos como ‘nuestro amor’, considerando
que es algo personal o individual no es más que la aptitud para recibir y
manifestar esta fuerza universal y consciente. Pues el amor es una fuerza-consciente que lúcidamente busca su manifestación y su realización en el mundo a través de quienes escoge como sus instrumentos.
Y éstos no son otros que quienes son capaces de una respuesta.
En ellos el amor intenta realizar su propósito eterno.
Puesto que el amor es universal quienes creen tener una experiencia propia,
personal del amor verdadero se equivocan, pues su vivencia no es más que una ola del infinito océano del amor universal.
El amor es una expresión divina: las deformaciones que vemos de él en el mundo son producto de la inconciencia de sus instrumentos.
El amor no puede ser confundido con el deseo, con la sed de posesión, con el apego personal. En su expresión más pura es la búsqueda de la unión con el Creador.
Por ello quien no está abierto al amor en su esencia y en su verdad no puede unirse al Ser Absoluto.
El amor es aquella fuerza divina que intenta conducir cada cosa hacia la perfección de su ser específico.
El amor despliega una acción evolutiva y edificadora en el cosmos. Es la fuerza que orienta las cosas hacia su arquetipo que se halla en el Creador.
El amor en sí mismo es el bien supremo más allá de lo cual no hay nada de mayor bondad.
demás y recibir a los demás en armonioso intercambio.
Su esencia en el nivel evolutivo de lo humano consiste en una
acción recíproca en la que la dicha de dar se iguala con la dicha de recibir.
Más allá de lo anterior, el amor es en su esencia una de las mayores fuerzas del universo.
Una fuerza que existe por sí misma, independiendentemente de los
objetos a través de los cuales se manifiesta.
Dicha fuerza se expresa en todos los sitios en los que encuentra una clara posibilidad de recepción, en todos los lugares en donde encuentra una apertura hacia su movimiento.
Lo que habitualmente comprendemos como ‘nuestro amor’, considerando
que es algo personal o individual no es más que la aptitud para recibir y
manifestar esta fuerza universal y consciente. Pues el amor es una fuerza-consciente que lúcidamente busca su manifestación y su realización en el mundo a través de quienes escoge como sus instrumentos.
Y éstos no son otros que quienes son capaces de una respuesta.
En ellos el amor intenta realizar su propósito eterno.
Puesto que el amor es universal quienes creen tener una experiencia propia,
personal del amor verdadero se equivocan, pues su vivencia no es más que una ola del infinito océano del amor universal.
El amor es una expresión divina: las deformaciones que vemos de él en el mundo son producto de la inconciencia de sus instrumentos.
El amor no puede ser confundido con el deseo, con la sed de posesión, con el apego personal. En su expresión más pura es la búsqueda de la unión con el Creador.
Por ello quien no está abierto al amor en su esencia y en su verdad no puede unirse al Ser Absoluto.
El amor es aquella fuerza divina que intenta conducir cada cosa hacia la perfección de su ser específico.
El amor despliega una acción evolutiva y edificadora en el cosmos. Es la fuerza que orienta las cosas hacia su arquetipo que se halla en el Creador.
El amor en sí mismo es el bien supremo más allá de lo cual no hay nada de mayor bondad.

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